PASTA ROSA

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Cuando abro los ojos, no sé dónde me encuentro, todo parece haberse desdibujado ante mi, la sensación de debilidad se acrecienta, la indefensión llena todo mi espacio.

Todo lo que soy lo debo a mi consciencia de la realidad, de ver con mis ojos lo que me rodea, pero poco a poco se oscurece todo y no me deja ver, no puedo saber que hay delante ni lo que hay detrás.

Déjame apoyarme en algo para saber que puedo seguir sosteniendo lo que mi mente no es capaz de razonar ni de apoyar con la lucidez de antes.

Ante el vertiginoso vacío decido libremente que no voy a caer precipitándome sin sentido en una vorágine de laxitud.

Sigo siendo yo, sigo teniendo mis sentidos en regla, sigo teniendo lo que me se ha proporcionado por la naturaleza de forma quizá caprichosa o tal vez, quien sabe, si intencionadamente.

Voy reconociendo el lugar, los colores, la sensación de estar, de ser, de sentir, y la de tener, esta última sensación antes era la predominante en mi, me llenaba por completo.

Como empezar de nuevo sin caer en las mismas tentaciones, en los barros que no me dejaban andar.

Quiero desde luego tener, sobre todo, esa plenitud, esa realidad reforzada con mi propia estabilidad y no caer de nuevo en la oscuridad, no quiero sombras, quiero luz que llene todo, aunque no me deje ver.

Por fin lo siento, es algo agudo, pero certero, siento cómo de lo mas lejano llega lo que tanto añoro, tanto sueño y deseo, en cualquier momento, y que me da fuerza, me anima, me hace ser como soy, es el aliento para seguir, y por fin dejo de estar desorientado y vuelve la luz, vuelve la realidad.

Aquí está.

 

 

 

Yo tener no tengo nada.

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Esto es lo que pienso, sin duda algo inconexo y difícil de describir.

Darle la vuelta se me hace bastante insoportable, en el fondo creo no haber llegado a comprenderlo del todo.

Aunque la sensación de saciedad es mínima al acercarme al abismo, y darme cuenta que el vacío me domina, al sentir que no todo tiene que representar armonía, ni la armonía tiene que ser lo mejor para mi.

El caos me gusta, en determinadas ocasiones me da placer, me encanta sentirme caótico, contradictorio y pleno en cierta forma.

Sigo sin tener nada, de lo que pretendía obtener en un principio, claro.

Con el tiempo he ido asumiendo que se llenan estanterías de mi memoria con cachivaches demasiado pesados y me he ido desprendiendo de ellos.

Tu quieres tener, y te respeto, tener de todo, ambición en primer lugar, pero de esto ya rebosas.

¿Y que harás con todo? ¿dónde lo llevarás? ¿podrás cuidarlo y conservarlo en la forma en la que merece cada cosa?

Por eso yo, tener no quiero tener nada, el mundo, en mi cabeza, ya me llena, de hecho me produce indigestión.

Como individuo pienso que por qué tengo que satisfacer tus gustos, tus demandas, tus fantasías, tus ansias de dominar, esa manía tuya de aprehender, de rodear y estrujar sin razón.

Todo lo que no degusto, en realidad es un gran sin sentido, y qué desperdicio de codicia y de fuerza es conseguir lo que nunca lograrás.

¿Eres feliz, te sientes bien, satisfecho con tus actos, te llena lo que haces, lo que piensas es originalmente tuyo, necesitas lo que deseas, quieres de verdad todo lo que tienes?

Entonces, por qué tu voz nunca suena segura, amable, sencilla, tierna… Si tienes todo, ¿qué te falta?

Yo tener no tengo nada, pero te digo sinceramente que
no quiero tener más.

 

 

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perseverancia

De los años de la niñez recuerdo sobre todo trazos, pequeños recuerdos, amontonados en mi memoria, superpuestos unos sobre otros, pero en definitiva son trazos, de colores, de sensaciones, de brisas, de olores, de caras, de personas y de lugares.

Entre todos estos trazos recuerdo a una persona, ampliamente, era un señor, en el sentido literal de la palabra, con sombrero y bastón, de traje habitualmente vestido, ya fuera invierno o verano, y de aspecto siempre bonachón y agradable. Era vecino, cuando los vecinos se conocían y se interrelacionaban con la naturalidad y la sencillez de casi familia.

Gustaba de contar anécdotas, refranes y demás parafernalia que yo consideraba como propias de una persona muy inteligente, que sabía mucho y que conocía tantas cosas del mundo y al que me apasionaba escuchar.

De todas aquellas historias viejas recuerdo una, que impactó de una forma más fuerte que el resto en la mente de un niño, un pequeño niño que aún no había ni siquiera tomado la primera comunión.

Recuerdo perfectamente el calor del verano, la sombra de la mañana, su cara arrugada y  su boca colgando mientras comentaba con una verborrea bastante correcta una vieja historia.

La historia era la de Blas, un campesino que tenía una simple fanega de tierra que intentaba aprovechar al máximo para subsistir con su familia.

Tanto es así que Blas buscó agua donde no la había, acordonó el perímetro de la tierra para evitar que el ganado perjudicara su labranza, la estercolaba más que nadie, intentaba acarrear tierra más productiva para que su terreno fuera todo lo fértil que se podía.

Pero no siempre las cosas son como queremos, pronto acompañó a esa época una gran sequía, el agua no caía del cielo, se rezaba, se esperaba, pero nunca llegaba, y la desesperación de Blas era completa.

Con una mula Blas buscaba agua y la llevaba hasta su tierra para que no se secara todo lo plantado, pero todo su esfuerzo no era suficiente, aunque por lo menos conseguía que las matas no murieran por completo.

De repente tras la sequía vino época de lluvias, fuertes y torrenciales, que todo lo anegaban, incluidas las tierras de Blas, arrasando y llevándose consigo todo lo cultivado con tanto esfuerzo.

Pero Blas no desistía y volvía a plantar, a labrar, a estercolar, a trabajar su tierra sin descanso.

Cuando llegó la época de recolección casi todas las tierras estaban baldías, pero las de Blas tenían algún fruto, y envidiado por sus vecinos, le quitaban parte de lo que salía de la tierra cuando él no estaba.

Pero Blas seguía sin descanso, y gracias a eso nunca faltó comida en su casa, ni para sus hijos, que fueron creciendo y le ayudaban cuando podían en las labores con la tierra.

Con el tiempo y con las ganancias que fueron acumulando pudieron ir comprando algunos terrenos más y fue mejorando su situación.

Pero el principal legado de Blas para sus hijos fue su conducta y su forma de actuar, lo que aprendieron los hijos de Blas era que no podían dejar de intentar algo, de perseguir los sueños, aunque no se cumplan, de perseverar aunque se tengan todas las trabas del mundo, porque siempre, aunque sea poca, hay algo de recompensa.

Recuerdo a mi vecino, cuando terminaba de contarme la historia, mirarme a los ojos fijamente y asentir con la cabeza, como dando un veredicto sobre la historia que me había contado.

Después, cuando sus labios se cerraban, se quedaba mirando al infinito, como si esperara algo o la llegada de alguien.

Mientras yo, cansado de tanta charla, del calor y con sed, me escabullía rápido y lo dejaba atrás, sentado, tranquilo, aunque con la mirada perdida, como a la expectativa, como esperando, aunque nunca he sabido el qué. Quizá esperaba su pequeña recompensa.

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Llevaba totalmente la razón Juan Ramón Jiménez con esta frase, inquietante, seria, aseverativa pero al mismo tiempo un tanto auto suficiente.

¿Tenemos la sociedad que queremos, la que vamos moldeando como deseamos, o la sociedad que nos dejan tener?.

Nos sentimos cada vez más omnipresentes en todos sitios con el avance tan impresionante que hemos conseguido con medios como teléfonos móviles, ordenadores portátiles, televisiones, tablets, etc.

Es tanto así que pocas cosas nos van sorprendiendo, ya que nuestros ojos están acostumbrados a verlo todo, o casi todo.

Y, a pesar de ello, ¿nos sentimos mas acompañados, o cada día, poco a poco nos vamos volviendo seres cada vez más individuales?.

Desde su origen, el ser humano es un ser social, que se relaciona y que no sabía vivir fuera de una sociedad, de un grupo, de una especie o de una casta, a cambio el grupo le daba sobre todo protección.

La evolución que estamos realizando, es sin duda una resulta de algo que podríamos denominar antinatural, pues va en contra de nuestra propia naturaleza de ser social.

Pero lo importante no es tanto si es natural o si es un signo de evolución, sino si es lo que queremos, lo que nos gusta, lo que ansiamos o es simplemente una consecuencia de algo social y en cierta forma impuesto.

En las sociedades más evolucionadas, con más medios, es donde mayormente se produce la individualización de sus componentes y por tanto su aislamiento, como por ejemplo algunos países del norte de Europa.

Sin embargo, en sociedades que han evolucionado menos, que tienen menos recursos, son mucho más sociales, en el buen sentido y en el malo, el individuo tiene menor independencia del resto, pero se comparte casi todo, como es el caso de determinados países africanos.

Si tenemos en cuenta los medios técnicos a nuestro alcance, pueden por una parte suponer el aislamiento del individuo a nivel inmediato, pero también suponen en gran medida un acercamiento global, como por ejemplo el teléfono móvil, donde se incluyen aplicaciones de redes sociales que se utilizan de forma continua, y en las que parece que es obligatorio estar disponible en todo momento.

Yo creo que dentro de un buen equilibrio y, a pesar de que somos animales que necesitamos relacionarnos, viene bien tener cierta independencia, alejarse de todo un poco, para ver las cosas mejor, llevándonos a nuestra intimidad por lo menos nuestros pensamientos para dejar que afloren, maduren y nos sirvan para mejorarnos como individuos de forma aislada o en grupo.

 

 

iH57yQnUtilizo esta frase de Publio Siro sobre la amistad para empezar a escribir pues hoy me cuesta trabajo arrancar este texto, sobre todo por el motivo por el que lo hago.

Recordar, siempre lo hacemos, es curioso, pero solemos recordar lo bonito, lo satisfactorio y tenemos tendencia a olvidar lo desagradable.

Por este motivo cuando recuerdo aquella etapa vienen a mi memoria días y días de luz, de sonrisas, de complicidades, de miradas, de madrugones, de tantos cigarritos en la puerta del aula, de nuestros cafés solos en la cafetería, que aunque contenían poco líquido nos daban para mucho, mucho tiempo.

También recuerdo aquellas charlas interminables en las que te oía, te escuchaba como inocentemente me contabas todo lo que hacías, en el colegio mayor, con tus compañeras, con aquel chico que siempre te esperaba en la puerta a la hora de salir.

Recuerdo plenamente esa sonrisa tan fuerte, tan grande, que lo llenaba todo, como tu mirada y, después, los codazos para que pararas de hablar y pudiéramos escuchar en clase.

Eran interminables los agobios, los exámenes, las caras de sueño, y sobre todo tantos y tantos sueños que teníamos en la cabeza en aquella época. Cualquier cosa nos ilusionaba y el vuelo de una mosca nos evadía tanto, que volábamos constantemente.

Ahora pienso en ti, volando, con la misma alegría, pero ya sin agobios, sin prisas, sin codazos, solo con la ilusión y la sonrisa que siempre permanecerán en ti, en mí y en todos.

En memoria de una gran amiga.

bebe-riendo-3Según Demócrito la risa te hace sabio.

Desde luego parece que a él si lo hizo, por lo menos en parte sirvió para ayudarle a ser el primer ateo, y con esto digo ya mucho.

¿Por qué no reímos?

Nos encontramos envueltos cada día en una sociedad que con los años se ha ido volviendo más seria. Somos serios para casi todo, tanto que es habitual utilizar la frase “esto no es serio” en un sentido negativo.

Si pensamos en nuestra vida cotidiana, en la relación que tenemos con los demás, en nuestras reuniones de trabajo, cuando tomamos un café, viajamos en metro o leemos un periódico, normalmente lo hacemos siempre serios, y miramos con ojos extraños a las personas que no lo hacen así, como seres que se les ha ido la cabeza. Somos tan serios que hasta en nuestras relaciones personales, e incluso íntimas, cada vez son más formales y serias.

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¿Y qué podemos hacer para cambiarlo?

Buena pregunta he formulado. Quizá deberíamos hacérsela a los que nos orientan, los que nos dirigen, los que gobiernan nuestras vidas, nuestras carteras y hasta nuestros sueños, para que dejen de señalarnos solo el vacío y recordarnos siempre referencias a lo mismo, a problemas, ajustes, crisis, paro, accidentes, multas, penas…

Desde luego la contestación a la pregunta está dentro de cada uno de nosotros.

Pero dejadme deciros que tener una buena sensación, reírnos del mundo, sonreír por la mañana, es quizá la única medicina contra todo esto, es la forma de sentirnos menos finitos, menos indefensos, es la forma de darle menos importancia a lo que no la tiene, de saber que lo que ahora es una montaña, mañana puede desaparecer ante nuestra vista. Hemos visto caer muchos mitos, y al final hemos comprobado que todo lo que amurallamos es por miedo, y ese miedo puede desaparecer con una sonrisa. Justamente sobre esto recuerdo una anécdota, sobre un amigo que tenía un miedo atroz a las atracciones de feria y cuando se subía a una de ellas, obligado por las circunstancias, se reía, a carcajada limpia, y cuando se bajaba de la atracción decía “he pasado mucho miedo, pero me he reído tanto que ya no me acuerdo”.

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Cómo hacer, cómo decirte, cómo expresar lo que durante tanto tiempo sentí y no pude hacerlo.

Explicaciones inconexas, derroteros lejanos que vuelven al primer plano de actualidad, lagunas que no son restos ni de lluvias ni de escorrentías, son los efectos de algo imposible de realizar.

Sentir de verdad que lo que sale de nuestro interior es verdadero, que no tiene fisuras, ni aditivos ni ningún tipo de aderezos insultantes de la vanidad.

Durante cuanto tiempo vamos a conseguir realizar esta hazaña, cuántos senderos recorreremos a tientas, descalzos y sin nada más que nuestro propio sostén.

Permite que te recuerde que la verdadera historia del ser humano, cuando se trata de piltrafas, deja mucho que desear, resulta ingrávida y sin sentido, pero, al mismo tiempo, es necesaria para poder continuar, para no volver a golpearnos en el mismo lugar, para no caer en el mismo error anterior, aunque al final lo hagamos.

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Todo este sinsentido de palabras, de frases, de párrafos y demás, ¿a qué viene? me preguntarás, y siempre he de contestarte lo mismo:  tu tienes la respuesta. Busca dentro de ti, analiza lo que sientes, lo que has hecho o tal vez imaginado, pero piensa que en tu interior podrás siempre encontrar la respuesta.

Y no me digas, ¡pues no lo entiendo!

Si sabes disfrazar la realidad cuando te interesa, si puedes alterar las emociones, cambiar las circunstancias, si eres capaz de certificar en el vacio un nuevo universo lleno de diferentes astros brillantes, ahora no me digas que no eres capaz de anexar, conectar hechos, sentidos y crear tu propia respuesta.

Simplemente deja que salga de ti, deja que fluya, aunque solo sea una vez, algo verdadero de tu boca, y por favor, no lo hagas mas, no me vuelvas a mentir.

 

ME ENCANTA LA PASTA

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