PASTA ROSA

Archive for abril 2015

perseverancia

De los años de la niñez recuerdo sobre todo trazos, pequeños recuerdos, amontonados en mi memoria, superpuestos unos sobre otros, pero en definitiva son trazos, de colores, de sensaciones, de brisas, de olores, de caras, de personas y de lugares.

Entre todos estos trazos recuerdo a una persona, ampliamente, era un señor, en el sentido literal de la palabra, con sombrero y bastón, de traje habitualmente vestido, ya fuera invierno o verano, y de aspecto siempre bonachón y agradable. Era vecino, cuando los vecinos se conocían y se interrelacionaban con la naturalidad y la sencillez de casi familia.

Gustaba de contar anécdotas, refranes y demás parafernalia que yo consideraba como propias de una persona muy inteligente, que sabía mucho y que conocía tantas cosas del mundo y al que me apasionaba escuchar.

De todas aquellas historias viejas recuerdo una, que impactó de una forma más fuerte que el resto en la mente de un niño, un pequeño niño que aún no había ni siquiera tomado la primera comunión.

Recuerdo perfectamente el calor del verano, la sombra de la mañana, su cara arrugada y  su boca colgando mientras comentaba con una verborrea bastante correcta una vieja historia.

La historia era la de Blas, un campesino que tenía una simple fanega de tierra que intentaba aprovechar al máximo para subsistir con su familia.

Tanto es así que Blas buscó agua donde no la había, acordonó el perímetro de la tierra para evitar que el ganado perjudicara su labranza, la estercolaba más que nadie, intentaba acarrear tierra más productiva para que su terreno fuera todo lo fértil que se podía.

Pero no siempre las cosas son como queremos, pronto acompañó a esa época una gran sequía, el agua no caía del cielo, se rezaba, se esperaba, pero nunca llegaba, y la desesperación de Blas era completa.

Con una mula Blas buscaba agua y la llevaba hasta su tierra para que no se secara todo lo plantado, pero todo su esfuerzo no era suficiente, aunque por lo menos conseguía que las matas no murieran por completo.

De repente tras la sequía vino época de lluvias, fuertes y torrenciales, que todo lo anegaban, incluidas las tierras de Blas, arrasando y llevándose consigo todo lo cultivado con tanto esfuerzo.

Pero Blas no desistía y volvía a plantar, a labrar, a estercolar, a trabajar su tierra sin descanso.

Cuando llegó la época de recolección casi todas las tierras estaban baldías, pero las de Blas tenían algún fruto, y envidiado por sus vecinos, le quitaban parte de lo que salía de la tierra cuando él no estaba.

Pero Blas seguía sin descanso, y gracias a eso nunca faltó comida en su casa, ni para sus hijos, que fueron creciendo y le ayudaban cuando podían en las labores con la tierra.

Con el tiempo y con las ganancias que fueron acumulando pudieron ir comprando algunos terrenos más y fue mejorando su situación.

Pero el principal legado de Blas para sus hijos fue su conducta y su forma de actuar, lo que aprendieron los hijos de Blas era que no podían dejar de intentar algo, de perseguir los sueños, aunque no se cumplan, de perseverar aunque se tengan todas las trabas del mundo, porque siempre, aunque sea poca, hay algo de recompensa.

Recuerdo a mi vecino, cuando terminaba de contarme la historia, mirarme a los ojos fijamente y asentir con la cabeza, como dando un veredicto sobre la historia que me había contado.

Después, cuando sus labios se cerraban, se quedaba mirando al infinito, como si esperara algo o la llegada de alguien.

Mientras yo, cansado de tanta charla, del calor y con sed, me escabullía rápido y lo dejaba atrás, sentado, tranquilo, aunque con la mirada perdida, como a la expectativa, como esperando, aunque nunca he sabido el qué. Quizá esperaba su pequeña recompensa.

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Llevaba totalmente la razón Juan Ramón Jiménez con esta frase, inquietante, seria, aseverativa pero al mismo tiempo un tanto auto suficiente.

¿Tenemos la sociedad que queremos, la que vamos moldeando como deseamos, o la sociedad que nos dejan tener?.

Nos sentimos cada vez más omnipresentes en todos sitios con el avance tan impresionante que hemos conseguido con medios como teléfonos móviles, ordenadores portátiles, televisiones, tablets, etc.

Es tanto así que pocas cosas nos van sorprendiendo, ya que nuestros ojos están acostumbrados a verlo todo, o casi todo.

Y, a pesar de ello, ¿nos sentimos mas acompañados, o cada día, poco a poco nos vamos volviendo seres cada vez más individuales?.

Desde su origen, el ser humano es un ser social, que se relaciona y que no sabía vivir fuera de una sociedad, de un grupo, de una especie o de una casta, a cambio el grupo le daba sobre todo protección.

La evolución que estamos realizando, es sin duda una resulta de algo que podríamos denominar antinatural, pues va en contra de nuestra propia naturaleza de ser social.

Pero lo importante no es tanto si es natural o si es un signo de evolución, sino si es lo que queremos, lo que nos gusta, lo que ansiamos o es simplemente una consecuencia de algo social y en cierta forma impuesto.

En las sociedades más evolucionadas, con más medios, es donde mayormente se produce la individualización de sus componentes y por tanto su aislamiento, como por ejemplo algunos países del norte de Europa.

Sin embargo, en sociedades que han evolucionado menos, que tienen menos recursos, son mucho más sociales, en el buen sentido y en el malo, el individuo tiene menor independencia del resto, pero se comparte casi todo, como es el caso de determinados países africanos.

Si tenemos en cuenta los medios técnicos a nuestro alcance, pueden por una parte suponer el aislamiento del individuo a nivel inmediato, pero también suponen en gran medida un acercamiento global, como por ejemplo el teléfono móvil, donde se incluyen aplicaciones de redes sociales que se utilizan de forma continua, y en las que parece que es obligatorio estar disponible en todo momento.

Yo creo que dentro de un buen equilibrio y, a pesar de que somos animales que necesitamos relacionarnos, viene bien tener cierta independencia, alejarse de todo un poco, para ver las cosas mejor, llevándonos a nuestra intimidad por lo menos nuestros pensamientos para dejar que afloren, maduren y nos sirvan para mejorarnos como individuos de forma aislada o en grupo.

 

 

iH57yQnUtilizo esta frase de Publio Siro sobre la amistad para empezar a escribir pues hoy me cuesta trabajo arrancar este texto, sobre todo por el motivo por el que lo hago.

Recordar, siempre lo hacemos, es curioso, pero solemos recordar lo bonito, lo satisfactorio y tenemos tendencia a olvidar lo desagradable.

Por este motivo cuando recuerdo aquella etapa vienen a mi memoria días y días de luz, de sonrisas, de complicidades, de miradas, de madrugones, de tantos cigarritos en la puerta del aula, de nuestros cafés solos en la cafetería, que aunque contenían poco líquido nos daban para mucho, mucho tiempo.

También recuerdo aquellas charlas interminables en las que te oía, te escuchaba como inocentemente me contabas todo lo que hacías, en el colegio mayor, con tus compañeras, con aquel chico que siempre te esperaba en la puerta a la hora de salir.

Recuerdo plenamente esa sonrisa tan fuerte, tan grande, que lo llenaba todo, como tu mirada y, después, los codazos para que pararas de hablar y pudiéramos escuchar en clase.

Eran interminables los agobios, los exámenes, las caras de sueño, y sobre todo tantos y tantos sueños que teníamos en la cabeza en aquella época. Cualquier cosa nos ilusionaba y el vuelo de una mosca nos evadía tanto, que volábamos constantemente.

Ahora pienso en ti, volando, con la misma alegría, pero ya sin agobios, sin prisas, sin codazos, solo con la ilusión y la sonrisa que siempre permanecerán en ti, en mí y en todos.

En memoria de una gran amiga.


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